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lunes, 4 de febrero de 2013

Un asesino cruel


 
Respiré hondo, me notaba cansado y la cabeza había empezado a despertar y a dolerme horrores. Eso sólo podía significar una cosa necesitaba matar. Pero la verdad, me jodía hacerlo mientras el chico estaba inconsciente ¿cómo iba a disfrutar matándolo si lo hacía estando desmayado? Me empezaba a encolerizar conmigo mismo, con el muchacho y hasta con la madre que lo parió. 

Enfurecido le di una patada a la caja de madera en la cual había estado descansando las posaderas, con tan mala suerte que di a parar con un puto clavo oxidado que me hizo pegar un alarido de dolor sin poder remediarlo, al notar el pinchazo al atravesar con facilidad la piel del zapato e irse a incrustar en mi pobre dedo pulgar. «No os diré que mis saltos a la pata coja me hicieron ver lo ridículo que puede llegar a ser un puto asesino con un clavo clavado en su puto pie». Al lograr sacarme el zapato vi el enorme clavo oxidado como me atravesaba de lado a lado el dedo gordo del pie y no me desmayé también de milagro. «¿Qué queréis soy muy aprensivo?».
No contaba con aquello, así que no debía de perder tiempo, me arranqué el clavo apretando los dientes hasta rechinar, y, envolviéndolo con mi pañuelo me lo llevé al bolsillo del anorak, no debía dejar pruebas que me pudieran inculpar. Recordé entonces que en el coche siempre llevaba una nevera de playa y dentro, un botiquín, no mucha cosa pero sí unas vendas, esparadrapo y alcohol. Sería suficiente, de momento, pensé.

Cuando ataqué al muchacho por la espalda y lo metí dentro del maletero, me lo llevé directamente a la nave abandonada donde estábamos ahora. Por supuesto el coche entró a la nave con nosotros dentro, fue fácil, las persianas estaban viejas y rotas, supuse que por toda la basura hacinada en una esquina de la fábrica, cajas desvencijadas y hasta mierda humana. En algún momento esa nave había estado habitada por los llamados, sin techo. «Seguramente que no haría mucho que fueron desalojados de allí».
A saltitos, cagándome en todo lo que se menea y con un solo pie, llegué hasta el coche.

Allí mismo me hice una cura de urgencia y me vendé el pie. De la guantera saqué un frasco de pastillas de colores y abriéndolo con una sola mano me lo llevé a la boca tragando un par o tres de pastillas, a palo seco, sin agua ni nada. Después, ya más tranquilo volví junto al muchacho que, aún no había recuperado el conocimiento. Me resigné, ¿qué podía hacer? Me separé unos metros de él y lo observé durante un par de minutos. La verdad que un ser humano por muy joven, fuerte y guapo que sea, sin piel… ¡es horroroso! Hasta a mi me impresionaba verlo, me excitaba, era en verdad una sensación extraña a la vez que inquietante. No quise esperar más, iba a acabar con lo que había empezado. Al empezar a andar sentí como crujía algo debajo de mis pies, y, al bajar la vista para ver que era, me encontré que lo que estaba pisando no era otra cosa que sal. ¡Sal! Eso me dio una idea casi genial, no me lo pensé, agarré un buen puñado con las dos manos y se la lancé al muchacho encima, incrustándose y pegándose a sus heridas. Esperaba así poder despertarlo y seguir con mi diversión pero, se me jodió.
El gruñido de dolor y la reacción tan violenta que tuvo al despertar al sentir la mordedura de la sal por su cuerpo sanguinolento, hizo que sacudiera su cuerpo de una manera violentísima haciendo que las tensas ligaduras que llevaba alrededor de su cuello, le desnucaran con un sonoro y seco crack, matándolo en el acto.
Cómo podréis imaginar, el que se me acabara la diversión, así sin más, hizo que me encolerizara mucho más y mi dolor de cabeza aumentara, con la consiguiente mala leches. Bueno, tampoco podía desaprovecharlo así que, con el cúter, pude hacerme con una buena provisión de carne fresca para unos días. Por supuesto aún me quedaba trabajo por hacer, me llevó algo más de una hora en deshacerme y limpiar todas mis huellas de allí incluso borré las huellas de mi las ruedas del coche vertiendo una inmensidad de basura donde estuvo parado. Del cadáver, ni preguntéis, tengo un método infalible. «Aquí podéis añadirle una risa demoníaca si queréis».


¡Maldita sea! ¿Cómo no me di cuenta? ¡Me han visto! Volví a leer los titulares del periódico; «¡POR FIN UN TESTIGO DICE HABER VISTO AL  “ASESINO SIN SERIE” LLAMADO ASÍ POR NO ENCONTRARSE NINGUNA  RELACIÓN ENTRE UNOS Y OTROS ASESINATOS, NADA TIENE SENTIDO, NO PARECE GUIARSE NI MATAR COMO LOS ASESINOS EN SERIE CONOCIDOS!».


Seguía el artículo diciendo, en el interior que; el testigo pudo ver cómo el asesino torturaba y mataba a un joven de unos veintitantos años que había sacado anteriormente del maletero del coche «decía no haber podido identificar ni el color, la marca ni modelo». Y que, si pudo ver al joven y a su asesino fue porque la luna, que esa noche era luna llena, entraba de lleno por los sucios cristales de la nave y que daba directamente en la escena donde se desarrolló la tortura y muerte del muchacho.
Pero no era eso lo que me preocupaba, no, lo preocupante es que tras la imagen del testigo había un rostro harto conocido… ¡Matías! Y si Matías se había hecho cargo de la protección del testigo, iba a ser francamente difícil llegar hasta él y… matarlo.

Me llevé instintivamente la mano al bolsillo y acaricié levemente la pulsera de Alicia. «Desde la última vez que me enfrenté a ella que había decidido llevarla siempre encima. No sabía exactamente porqué pero me daba en la nariz que lo que me podía aportar en un futuro próximo era algo muy bueno». Y eso que puesta en mi muñeca no me pegaba nada, nada, vamos que no me la veía yo puesta en una velada romántica.

domingo, 3 de febrero de 2013

Un cigarrillo tuvo la culpa



  
Aquella noche no sé por qué pero, me encontraba inquieto, quizás la culpa fuese de tener últimamente demasiados acontecimientos en mi vida, mucho estrés o tal vez el ansia por fumarme un cigarrillo, no lo sé. El caso fue que nada fue previsto aquella noche ni adrede. Paré en una esquina arbolada, me bajé del coche, no sin antes hacerme con uno de los cigarrillos que siempre llevaba en la guantera (previsión que hice desde el primer día que decidí dejar de fumar). «Un consejo, si sois de los que dejáis de fumar muy a menudo, sin conseguirlo, probad hacerlo dejando muy cerca una buena provisión de cigarrillos, os lo aseguro, dejar de fumar no lo vais a conseguir tampoco pero os ahorraréis seguro, el comeros las uñas hasta lograr tener uno colgado en la boca  -si sois mujeres, encima os odiaréis».
Como decía, agarré un cigarrillo y me lo colgué del labio inferior –tenía la boca reseca-, no me costó ningún esfuerzo. Hacía frío esa noche, fui hacia el coche, abrí la puerta trasera y agarré el anorak. Una vez puesto y cerrado hasta el cuello, me apoyé en la valla de separación que daba a un campo de fútbol. Siempre lo veía al pasar de vuelta a casa pero nunca me había parado a observar. Creo que era por un problema que tuve a los diez u once años. Bueno, ¿qué problema ni hostia?, un maldito profesor, cabrón y gilipollas y que me amargó gran parte de la infancia. No, no os lo voy a contar, solo diré lo que interesa.

Esta vez no pude por menos que mirar su interior y ver cómo unos pequeños entrenaban. En esos instantes estaban calentando. Vaya, que los estaban haciendo sudar de lo lindo corriendo alrededor del campo de fútbol. Observé que eran dos entrenadores, muy jóvenes los dos. Hablaban y reían olvidados de los pequeños que no hacían más que dar vueltas y más vueltas. Me fijé en uno de ellos más que en los otros, «creo que porque me recordó a mi». Estaba un poco entrado en kilos, no gordo, pero sí le sobraba alguno. Parecía poco entrenado, como si no llevase mucho tiempo entrenando. Se había quedado el último y parecía que en cualquier momento iba a echar las tripas por la boca. Miré a los jóvenes entrenadores y vi que seguían pasando de todo. Me dio rabia la verdad, mucha rabia. Al pequeño le sobraba orgullo y pese a estar falto de oxígeno tiraba de sus piernecitas con rabia para no quedarse atrás, supongo que el miedo a las burlas posteriores de sus compañeros le daban las suficientes fuerzas para aguantar, aunque fuese una vuelta más.
En ese instante el cigarrillo me quemó el labio, lo escupí encolerizado, ¡mierda ni lo había saboreado! Eché un vistazo por el campo y pude ver a un hombre que no perdía de vista al pequeño y que parecía que en cualquier momento iba a echar a correr para socorrerlo. No lo hacía, parecía esperar a que los entrenadores por fin dieran fin al sufrimiento de su pequeño. Cuando ya parecía querer saltar la valla que lo separaba del campo y correr a socorrer a su hijo, vio con alivio como los jóvenes dando por terminada su conversación sobre sus ligues o aventurillas de fin de semana, dieron por finalizada la carrera de los peques, con el consiguiente alivio del chiquillo, de su papá ¡y del mío!

Justo en ese instante vi como el que parecía tener más autoridad sobre los niños, se despedía de su compañero y de los niños, agarraba una bolsa del suelo y marchaba hacia la puerta de salida. Era un chico muy alto, de unos veinte años, moreno y atlético. «No se parecía en nada al que fuera mi profesor de gimnasia, sin embargo, lo odié en ese mismo instante».

Cuando el joven abrió los ojos vi como estos se le abrían desmesuradamente, no entendía dónde o con quién estaba, en sus espantados ojos brillaba la incredulidad. ¿Qué hacía allí? ¿Quién era aquel hombre que lo contemplaba cabeza abajo? No lo dejé preguntar, tapé su boca con la cinta adhesiva que ya tenía preparada en la mano, y volví a comprobar si las ligaduras que sujetaban sus manos a la espalda estaban lo suficientemente fuertes para que no lograra desasirse en sus más que posible forcejeo  Imposible, ni Goliaht podría desasirse de esas ligaduras.
Empezó a soltar gruñidos queriendo hacerse entender, no le hice caso. Parsimoniosamente fui cortando con un cúter bien afilado su ropa, hasta dejarlo completamente desnudo. El pobre, desnudo y colgado cabeza abajo parecía una ternerita asustada. Puse en el suelo una caja de madera y me senté en silencio a contemplarlo.

No estábamos muy lejos del campo de fútbol, a unos doscientos metros escasos, en una nave abandonada, antigua nave dónde se hacían regalos de navidad por encargo, sobre todo cestas espectaculares que llevaban de todo, hasta jamones. En uno de esos ganchos dónde posiblemente estuviera alguna vez un jamón colgado, tenía yo al muchacho. No tenía otro cigarrillo así que no quise esperar más. Apreté el cúter entre mis dedos y me fui hacia él. El chico comenzó a moverse desesperadamente, era fuerte y ágil, me tuve que apartar unos segundos y pensar. Hallé la solución a mis problemas justo en el suelo, debajo de su cabeza, la tenía a tan solo unos treinta centímetros y en éste sobresalía unos gruesos tornillos, ´―seguramente alguna vez hubo allí alguna maquina de envasado―.

 La nave estaba vacía, salvo cajas de cartón y de madera destartaladas por doquier, y, cómo no, cables, muchos cables por toda la nave. Me fui hacia los más próximos y arranqué aproximadamente un par de metros, suficientes para lo que los iba a hacer servir. Até primero un extremo doblado en dos, en los tornillos retorcidos, lo suficientemente fuerte como para que me aguantara las envestidas que seguro iba a dar el muchacho, y, seguidamente lo sujeté fuertemente por el cuello, atándole el otro extremo doblado y apretado hasta casi faltarle la respiración. Tiré fuerte hasta dejarlo bien tensado, a punto de desnucarlo, solo a “punto”. Después, sin prisas me dediqué a la labor que más me gustaba… «Hacerme un traje de piel, con piel humana». 

Sabía cómo hacerlo y lo hice, con el cúter hice un corte alrededor del cuello, lo continué por el pecho y abdomen… sus desgarradores estertores no me producían ni el más leve rubor. Su cuerpo, pese a estar tenso y bien atado, se agitaba y estremecía según pintaba su piel con el afilado cúter y la desprendía de su cuerpo. De pronto soltó un desgarrador alarido que resonó como un estallido en toda la nave ¡se había conseguido liberar la boca del precinto! No perdí un segundo, con el cúter le segué las cuerdas vocales de un tajo, cortando de golpe el grito del muchacho dando este tan solo un ronquido ahogado por su sangre. Sus ojos a este extremo estaban fuera de las orbitas, por el dolor y la desesperación. No me gustó cómo me miraban y con mis dedos índice y anular se los hice estallar, en un vertiginoso movimiento digno del gran "David Copperfield" como si fuesen dos huevos podridos. Será más divertido si no ve mis próximos movimientos, la sensación que tendrá al no saber cuál será el siguiente corte. El maldito miedo incrustándose en sus huesos. Pensé, al limpiarme los dedos en su cuerpo. En ese mismo instante me di cuenta de que había perdido el conocimiento. No me gustó, dormido no tenía gracia. Me rechinaron los dientes con rabia, no tenía mucho tiempo ¿cómo saber si no lo estaban buscándolo ya?  Aproveché para saborear unos segundos mi venganza, pensando en aquel muchacho como en mi antiguo entrenador de gimnasia. No, no lo era lo sé ¿y qué?

sábado, 2 de febrero de 2013

Capítulo 12 (La pulsera de Alicia)





Tanta desgana no podía presagiar nada bueno, como así fue, nada más regresar de la cafetería me encontré con la desagradable visita de; “Perro rabioso, Matías” 
michael madsen
«fue como lo bauticé después de creerse que mi cuerpo era un saco de Boxeo y se “entrenó” a conciencia con él». ¡Menudo cabronazo! Casi vomito en sus lustrosas botas el café con leche y el donut que me había comido.
― Ya veo que estás muy contento hoy, maldito asesino―, me soltó con su simpatía habitual.
― No te creas, nada más olerte se me fue toda la que tenía. ¡Hueles que apestas!
jason statham

― No me dio la gana reírle su ironía.
― No te preocupes, se te van a quitar las ganas de “olerme” ― masculló torciendo el rostro con desprecio.


― Cuando te meta en la cárcel, ¡maldito maricón de mierda! Y no te extrañe que también “pierdas alguna otra cosa”―. Mascaba más que pronunciaba las palabras, y lo hacía con tanta rabia y veneno que, como escupiera nos envenenaba a Bogdan y a mí con el escupitajo. «Por si acaso no le dije nada, no quería darle malas ideas».
abraham benrubi

El pobre de Bogdan no sabía dónde meterse, tenía todo el cuerpo encorvado intentando confundirse con el muerto. (Una de las víctimas del supermercado). Cosa por lo demás imposible pues con lo feo que era… “ni el muerto, con más de catorce balas por todo el cuerpo, tenía tan feos agujeros en su cara”, como el pobre de Bogdan. (Viruela, nos dijo en su día, cuando llegó); ¡Los cojones, feo de nacimiento!
― ¡Bogdan! Pasa por mi despacho cuando acabes con esa autopsia, tenemos que hablar―. Ladró Matías mirando a Bogdan. Seguidamente me echó una furiosa mirada y salió dando un portazo de la sala de autopsias.
Bogdan me miró como sintiéndose “pillado” bajando seguidamente la mirada cuando lo miré intentando averiguar qué tendría que contarle Bogdan al teniente Matías. No podía dejar de pensar que, Bogdan, pese a lo feo y estúpido que parecía, era muy buen profesional. No, eso no podía menospreciarlo, y quizás, solo, quizás, supiera mucho más de lo que aparentaba. Así que estuve muy atento a sus movimientos hasta que se fue directamente al despacho del teniente. Yo me fui a mi despacho, tenía cosas que hacer. «O escuchar».

― Señor… ― Llamó tímidamente desde la puerta, y sin atreverse a entrar, Bogdan.
― ¡Pasa! ¡Sin miedo, no muerdo! «Ya almorcé»― La ironía del teniente Matías no pasó desapercibido a Bogdan, aunque su cara no parecía dar muestras de ello. « ¡Por Dios! si su cara era, “con más pelos” la cara de la niña del “exorcista” en su peor toma; pero en bobo».

― Siéntate, Bogdan―, le ignoró dándole la espalda, mientras rebuscaba en los cajones de su mesa. Al fin, sacó un cigarrillo, que se puso sin encender en sus labios sensuales y gruesos.

― ¡Ejem…! Señor…― carraspeó Bogdan con tímida desaprobación.


― ¡Ya sé, joder, no se puede fumar! ¿Acaso me viste encenderlo?― Explotó Matías, sacándose el cigarrillo de la boca y apretándolo y despachurrándolo entre sus dedos como morcillas.
― ¡Qué te sientes, coño!
― Sí, sí señor…― Balbuceó Bogdan, sentándose de golpe.
― Está bien, habla, ¿qué sabes sobre la muerte de Rose? ¿Cuál fue la causa real de su muerte? ¿Lograste suficientes muestras como para averiguar algún dato de quién la mató? ¡VA, HABLA COÑO!―. El grito furioso después de haberle asaeteado a preguntas. Casi hace caer de la silla al pobre Bogdan. Ni siquiera sabía cómo sentarse de lo nervioso y asustado que estaba, su jefe, le imponía mucho, (Gabriel), sin embargo, el teniente Matías aún le daba mucho más miedo. «Aún no sabía quién de los dos era peor».
― Tenía usted razón teniente―. Hizo Bogdan, una pausa, para aspirar ampliamente y llenar sus castigados pulmones de oxigeno. Viendo la cara de impaciencia de Matías, prosiguió.
― Después de analizar las huellas digitales conseguidas en la zona de los muslos y pelvis, gracias a la técnica de la “Autoelectonografía” «rayos x» He podido conseguir las huellas del asesino de Rose―. Miró triunfante al teniente, e hizo otra pausa. Esta vez para darle un poco de misterio, para impresionar a Matías, que, lo miraba a su vez con una sonrisa de victoria en sus ojos.

― Como sabrá, señor, cuando estuve en aquel “pub” “El San Gabriel” con Rose y mi jefe, hice lo que usted me ordenó, conseguir las huellas de Gabriel fuera como fuera, así que en un descuido me hice con uno de los vasos donde había estado bebiendo. Fue justo en ese momento en el cual, Rose, consideró oportuno que me fuera.
― llegado a este punto, a Bogdan se le quebró la voy y no pudo seguir. Segundos más tarde con voz entrecortada seguía diciendo;
― No debí dejarla a solas con él, señor… no debí―. Bogdan miró con lágrimas en los ojos al teniente, que sin hacer mucho caso, carraspeó sintiéndose incomodo de las lágrimas de Bogdan e instándole con un gesto impaciente a que continuara.

Vaya, vaya, con que esas tenemos… me quité el micro de la oreja, no necesitaba escuchar nada más. Sabía que lo dicho por Bogdan solo era confirmar lo que ya hacía tiempo, el bueno de Matías ya sabía. No importaba, según las leyes, (y de momento) las huellas recogidas así, no servían judicialmente ni servían como pruebas. «Al fin y al cabo, su cuerpo pasó por mis manos dos veces, cuando la maté y… al hacerle la autopsia». Siempre podía decir que la hice sin guantes, (en este puto departamento siempre falta material), ¿se creerán que faltaban guantes? Miré el reloj, ―las tres de la tarde―, hora de acabar la jornada. La conversación escuchada me había dado sed, sed de sangre.
Me llevé las manos a los bolsillos y entonces me di cuenta de que en el bolsillo izquierdo llevaba la pulsera de Alicia. No podía recordar por qué razón la llevaba ese día ni cuando me la eché al bolsillo, debió de ser cuando tuve la pelea con ella, «bueno, cuando me dio de hostias que no es lo mismo»; supongo que al día siguiente, después del desayuno y la ducha, me la eché al bolsillo mas pensando en que Alicia no volviera por allí mientras yo trabajaba y lograra encontrarla. Esa pulsera tenía muchos secretos que yo quería averiguar. Y los iba averiguar aquella misma tarde. «Después de comer… tenía hambre». 

Bogdan, un buen tío





 




Si hubiera sabido en aquel momento que yo mismo (sin saberlo) le había dado la clave para encontrarme y venir a por mí…
 Pero eso no lo sabría hasta más adelante; un año después de ésta tan «amable visita».
 Cuando inocente de mí, me daría por segunda vez de bruces con ella. … «Claro que eso yo, aún no lo sabía, ¡maldita pulsera!
¿Ya os podréis imaginar la cara de gilipollas que se me pondría al verla, no?  Pero bueno, esa es otra historia. De momento, dejé la dichosa pulsera en la cisterna, seguía siendo su mejor escondite».

No tenía mucho tiempo para dormir así que me eché sobre la cama y no tardé en quedarme dormido como un bendito en apenas dos segundos. ¿Pensar? ¿En qué coño iba a pensar si me habían dejado para el arrastre, entre Matías, y la rediviva Alicia?

Soy como una máquina bien engrasada, así que en un par de horas, y antes de que me sonara el despertador, ya estaba de nuevo de pie y en la ducha, con agua bien caliente, para abrir bien los poros y que me hiciera desaparecer todas las marcas de sangre seca y pegada en la piel, que las tenía por todo el cuerpo. ¡Los muy cabrones, como me cocearon a placer!

 
«De cómo dejé la cama y las sábanas, de sangre y resto de piel muerta, ni hablamos. La pobre Isa, “mi chica de la limpieza” iba a flipar cuando viniera a limpiar el piso, a hacer la cama y cambiar las sábanas, y no digamos de cuando viera, cómo dejaron el piso “ésos chalados”. En fin, para eso la pago, ¡que se aguante! ¿YO? ¿Limpiarlo todo antes de que viniera Isa…? ¿Estáis borrachos? ¿O drogados, o qué os pasa? ¡Ni loco, quito y limpio todo lo sucio o destrozado! ¡Soy forense, no una chacha!

Bueno, para qué os doy explicaciones… ¿me volví tonto o ya estoy loco del todo? ¡Qué os den!


Tenía muchas cosas que hacer esa mañana, así que no iba a perder más el tiempo pensando. Ya solucionaría los problemas según me vinieran.

Al fin y al cabo, tampoco me preocupaba mucho la situación, tenía un plan “B” para el caso de que no consiguiera esquivar a Matías.
De Alicia, ya me ocuparía más tarde; tenía amigos que me debían “algunos favores” amigos a los cuales les encantaba practicar el sexo con muertos. “Sí, con muertos”, y les daba igual el sexo. Ellos la buscarían por mí. No me gustaba demasiado darles ese “placer” «con lo buena y suculenta que estaba la susodicha Alicia. Ya que para joder me gusta que esté bien viva
 Y a poder ser, perfumada y fresquita».
Eran todos amigos muy influyentes, la mayoría, ricachones con mucho tiempo libre y mucho aburrimiento. Incluso había algún que otro político local amigo de ellos. Por ejemplo; el alcaide. No. No daré nombres. ¿Qué os pensáis, que soy un maldito chivato? ¡Qué os den por el culo, mamones!

Estoy desvariando, creo que las pastillas de colores están causándome estragos, este maldito dolor de cabeza va a poder conmigo… «Necesito sangre… derramarla claro, no beberla. Cuando me convierta en un vampiro ya os avisaré».
Estoy mal, lo noto, no es normal estas profundas divagaciones y conversaciones estúpidas…
Apenas me entiendo yo mismo; no sé lo que me está pasando, y si no logro centrarme pronto, me temo que a Matías, le va a resultar muy fácil el acabar conmigo. Ya sé, ya,  que no me va a matar… es demasiado legal y se sigue las leyes al pie de la letra. ¡Peor para él! «Sin embargo no sé qué será peor, ¿morir a sus manos o… pudrirme en la cárcel?».

Con tanto divagar, ni me di cuenta de cuándo ni cómo cogí el coche, ni mucho menos, cómo llegué a las puertas del laboratorio forense.


 Sin embargo, allí estaba él, mi ayudante Bogdan, con su impasibilidad y su cara de gilipollas.
Nada más llegar a su altura me lo soltó:
― ¡Jefe, parece que le haya pateado una mula!― soltó una risita imbécil.
― ¡sí, la de tu puta madre, cabrón!― y me quedé tan fresco y relajado.
Pobre Bogdan, palideció como si no hubiese ya más colores, los pilló todos, hasta los tonos grises.
― ¡Venga, mamón! ¿Qué tenemos hoy? ¿Se murió o han matado a alguien en esta puta ciudad?― No sé por qué, pero, hasta a mí me sonaba ya a desagradable ese monólogo mío.

No obstante a Bogdan, no parecía importarle pues no paraba de soltar risitas estúpidas mientras me seguía por los pasillos pegando saltitos detrás de mí, cómo un perrito faldero.

 
Ese día tuvimos mucho trabajo. Durante la noche hubo en la ciudad siete muertos; al parecer dos “chorizos” habían atracado un Supermercado de esos que abren las veinticuatro horas, la dependienta se asustó, y mediante un timbre debajo de la caja registradora, había dado aviso a su jefe y a la policía, pero, el jefe no supo “o no quiso esperar” y salió de su despacho echando hostias. Los atracadores al verlo se pusieron nerviosos y empezaron a disparar a todo bicho viviente que se les ponía a tiro.
 Menos mal que a esas horas solo había siete personas allí, si no, habría habido muchos más muertos esa noche.
Como era de suponer, la policía, llegó tarde, y los atracadores se dieron a la fuga y aún siguen en busca y captura.
 Nada más verlos allí, e imaginar el “trabajito” que se me venía encima, me vinieron los sudores de la muerte, así que ordené al bueno de Bogdan que se liara con ellos, que me iba a tomar un café. Qué tenía que tomarme la medicación y salí disparado de allí, antes de que le diera por contestar y echarlo todo a perder, esto es; mi huída…
¿No es eso lo que hacemos todos los “jefes” dejar que sea el personal que está a nuestras ordenes los que se encarguen de todo el trabajo?, «sobre todo si es el trabajo “sucio”.
Yo no iba a ser menos que ellos».
Desde que empecé a asesinar y a divertirme al hacerlo, perdí parte de todos mis escrúpulos, al traerme a Bogdan como mi ayudante, acabé de perderlos todos. ¡Bogdan, era un buen tío!