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lunes, 28 de enero de 2013

Alicia "la rara” ¿ha vuelto?




Matías no se anduvo por las ramas, se acercó lo suficiente a mí y… me arreó tal mamporro, con tanta puntería que esta vez no pude esquivarlo.  Fue de tal calibre y con tanta mala sangre que salí disparado, con silla y todo y me empotré contra el mueble bar que tenía a mi espalda. El estropicio fue evidente, la silla destrozada y creo que de mi boca, saltó alguna pieza dental que por supuesto, no me puse a buscar, «Luego comprobé con satisfacción que solo fue saliva y tuve un alivio tremendo» viniendo como venía hacia mí, Matías, como los seguidores del Madrid en la Cibeles, después de ganar la liga.  «Trepando por las paredes». Esta vez y viéndome preparado y después de su mala experiencia conmigo, prefirió pararse a un par de metros y muy amenazante me dijo;

― ¡Eres un cabrón de mierda! ― «Qué novedad, pensé. Eso ya lo sabía yo pero, no se lo dije, claro».



― Esta vez te vas a escapar, no sé cómo lo has hecho, cómo pudiste borrar del disco duro tu sádico crimen y en su lugar, tener los santos huevos de meter una película del “Cantinflas”. ― Su cara era un poema y hasta creí ver un asomo de admiración a mi talento. «Solo fue una ilusión mía».
―Volveré a por ti. ― Sentenció, mirándome severo.
― De eso que no te quepa duda. Y vendré preparado y con la caja en el coche.
Una mierda de caja de pino, no te mereces nada mejor, ¡hijo de puta! ― Insultó, el muy cabrito.
         ¡Coño!  Pensé; ¡estaba enfadado de verdad!
― Por qué si de aquí a unos días ― Prosiguió mordiendo las palabras. ─ No consigo suficientes pruebas para encerrarte de por vida, cabrón. ―Su cara estaba de un color parduzco, casi grisácea. ― Volveré para matarte ― acabó de sentenciar, de nuevo, Matías. Señalándome con su enorme y huesudo dedo índice.
         «Y eso me lo decía a mí, sin ninguna duda  y muy en serio».

Algo le ladró a su sabueso, agente Antón, y salieron de mi apartamento con bastante prisa, por cierto, y los muy cabrones ni limpiaron lo que habían ensuciado, ¡serán maricones!
Una vez se fueron, volvió a mí la preocupación y la seriedad que me caracteriza y me puse a pensar;
― ¡Joder! Me dieron la cena ―. Me fui a por una cerveza a la nevera, estaba seco.
 
A alguno se le vendrá a la cabeza; ¿Y a este pamplina, no le preocupa la actitud tan decidida y belicosa que tiene Matías, hacia él?” ¿Eso pensáis? Pues sí, es cierto, mi preocupación era meramente informativa. Sabía que no tenían pruebas contra mí, por lo tanto mi preocupación era obvia, «no tenía ninguna ». Y sabía de sobra que Matías, era un hombre de leyes, no se dejaría llevar por su odio y rencor hacia mí, sin pruebas físicas reales. Otras cosas me preocupaban mucho más…  «Me volvía el odioso dolor de cabeza  y eso sí que me preocupaba».

No tenía mucho tiempo que perder o sería tarde. Cada vez que tardaba en tomar el remedio, cometía alguna estupidez así que me fui a la cómoda del salón y abrí el cajón de en medio.
Allí estaba, un frasco enorme con unas pastillas amarillas que tenían un sabor horrible pero que eran las únicas que podían aliviarme ese maldito dolor de cabeza, al menos lo suficiente como para aguantar una noche. Me tomé diez de golpe, una no me habría hecho efecto hoy, dos, apenas conseguiría hacerme bostezar y tres, apenas cerrar unos minutos los ojos. Así que me tomé diez de golpe, esperando quizás tener una noche tranquila y sin pesadillas. ¿Qué si tengo pesadillas? ¿Estáis tontos, o qué? ¿Qué asesino no las tiene? «Sueño que estoy en la cárcel y no puedo seguir matándoos».
Estaba por acostarme cuando llamaron a la puerta. Sí, me sobresalté, pensé que el energúmeno de Matías, había «olvidado darme algún recado» y volvía para recordádmelo  Pero no, no era Matías.
salma hayek


¡Era Alicia! Pero… ¡eso, era imposible! Yo… ¿la había matado?, Apenas unos meses antes... Recordé parte de mi conversación con ella, antes de matarla en la bañera de su apartamento.
― Estás poniendo en peligro algo más que tú vida ¡Hijo de puta! Y mi hermano, te matará, y matará a mucha más gente si no me sueltas ahora mismo y te marchas de aquí. ―Y la jodía lo decía muy convencida y roja como un tomate.

         «Alicia, la rara» ¡Por Dios! ¿Qué coño hacía ella allí, si estaba muerta? ¡Yo la maté…!  ¡No había ninguna duda, era ella! Y entró en cuanto abrí la puerta como una exhalación. Lo realmente extraño, era su forma de vestir. Parecía sacada de una peli de ciencia ficción. Un mono completo, dorado y con más luces que una discoteca. Uf, me dio por pensar; “¿no serán las pastillitas, Gabriel, que te están dando un “viaje astral” y estás en órbita ahora mismo? Pues no, no debía de ser astral pues, del hostión que me dio, se me terminaron de desencajar las mandíbulas. Lo peor, que no fue con sus manos, sino con una especie de disco que llevaba en su mano derecha y que yo pensaba era su bolso. Pues, ¡debía de llevar hierro retorcido dentro, cojones!
Una vez en el suelo, totalmente confuso, «a punto de perder el conocimiento», más que por el golpe, por las dichosas pastillas que ya empezaban a causar estragos en mi cabeza. «Alicia, la rara» empezó a registrarlo todo, mientras me asaltaba a preguntas.


― ¿Dónde está? ¿Dónde la tienes escondida? ¡Asesino de tres al cuarto! ― allá por donde iba, lo tiraba todo sin mayor miramiento, se notaba que nada de aquello era suyo.
Yo flipaba, «por las pastillas y por las preguntas, no tenía ni idea de lo que buscaba».
Una patada en las costillas me hizo recordar de golpe. 
«Me acordé cuando la vi por primera vez, cuando la seguí hasta su casa y recordaba que, nada más entrar vi que tenía un extraño empeño por llevarse la mano derecha hacia una, aún más extraña pulsera que tenía puesta en su muñeca izquierda. No me parecía conocido el material con el que parecía haber sido confeccionada, así que sin dudarlo, se la quité rápidamente y me la metí en mi bolsillo de la cazadora negra que llevaba ese día puesta.
¡Claro, eso es lo que busca, la pulsera!  Intenté recordar qué fue lo que hice con ella y en un “alarde” de memoria, «en mi estado, lo raro era que aún me funcionara». Conseguí recordarlo.  Tenía una forma y unos dibujos muy raros, con letras imposibles, no, para nada entendía aquel lenguaje ininteligible. Solo al darle la vuelta y mirar por dentro fue que vi aquel nombre, y eso sí que me pareció extraño, no era nada de raro. Ponía un nombre en español. ―Alicia ―. También recordé de pronto, el susto que me llevé al tocarla. Sí, al fin recordé, la había dejado dentro de la cisterna del retrete y nunca, hasta ese momento, había vuelto acordarme de ella.
Una pregunta más, repetida, ―por más datos ― y una nueva patada, esta vez en los huevos, me llevaron al mundo de los sueños. No me preguntéis qué pasó después, al despertar unas horas más tarde, mi apartamento parecía una porqueriza, y, yo, una marioneta rota.  ¿De Alicia? ¡Ni rastro! Pensé incluso; ¿Lo habré soñado?
De todos modos, su entusiasmo preguntando con tanto ahínco por «su pulsera» me dejó con unas enormes ganas de saber qué tenía de especial aquella pulsera, y… ¿por qué, ese empeño en hacerse de nuevo con ella, y seguro que no era por ser un recuerdo de familia? Tenía que existir un motivo mucho más fuerte para que «Alicia, la rara, volviera de entre los muertos»



domingo, 27 de enero de 2013

El gran “Cantinflas”


michael madsen


El muy cabrón de Matías...
Casi ni tiempo tuve de abrir la puerta, nada más girar la manecilla, del empujón que dio casi me hace comer la puerta de entrada. Eso sí, me estrelló contra la vitrina de la entrada, «un pequeño armario zapatero que tengo a la entrada, con su espejito y todo. Muy cuco». El golpe me pudo costar alguna costilla pero no tuve tiempo de repasarlas una a una, el siguiente golpe, este fue bien dirigido, me lo lanzó a los dientes, menos mal que estuve fantástico de reflejos y lo esquivé con un hábil quiebro de la cintura  girando la cara unas milésimas de segundo antes de estrellarse el puño contra el espejito, haciéndolo añicos.
Mientras, sus gritos de;
 ─¡Cabrón! ¡Hijo de puta! ¡Te voy hacer comer los huevos!─
Lo escuchaban desde Cancún, por lo menos. No se quedaba quieto, tirando cada vez más bajo, «este me quería capar de una dentellada». Sin dejar de esquivar sus golpes pude observar su cara transfigurada por el odio y la cólera más animal y bestia.
«Me recordaba al chiste del gorila».
«Aquel señor que, lleva a su mujer al zoo y una vez delante de la jaula del gorila, ve que este, cuando ve a su señora pone los ojos como platos de postre y se empieza a pegar sacudidas al pecho. El caballero, al notar la excitación del gorila, le dice a su mujer; Cariño, ¿te fijaste lo cachondo que pones al gorila? Ella pone cara de no saber qué dice y el marido aprovecha y le pide; ¿Cielo, por qué no te abres dos botones más del escote, a ver qué hace el mono? ¡Venga, así nos reímos un rato!
La señora, hace caso a su marido, no muy convencida. Y el gorila, que ya tiene los ojos ensangrentados de la excitación, empieza a dar botes y golpear los barrotes con un desespero que ¿para qué contar? El caballero se empezó a reír y a disfrutar del espectáculo y aún se atrevió a pedirle a su señora que se subiera la falda y le enseñara las bragas al mono. La señora que le empezaba a encantar la excitación que le producía al mono. No lo dudó y agarrándose la falda, se la subió ligeramente por la parte delantera, lo justo para dejar a la vista del gorila, su diminuto «tanga roja». El gorila entonces saltó a los barrotes y agarró a la dama de los brazos, apretándola con tal fuerza contra los barrotes que le era, a la dama, imposible soltarse. Dándose cuenta del estado de excitación del mono y del peligro que suponía para ella, se puso a lanzar gritos desesperados a su marido para que la ayudara. El caballero, aún se reía más y con más ganas mientras le gritaba a la dama; ¡Anda, dile ahora que te duele la cabeza!».

Bueno pues, el bueno de Matías, estaba como el gorila, solo que su excitación, era encabronamiento conmigo. Y no pretendía follarme, sino, matarme a hostias. «Por cierto, sigo insistiendo que no sé qué hubiera sido peor».
Bueno, después de esquivarme una última patada a los huevos, de chiripa, ósea, por unos escasos centímetros, conseguí que bajara la guardia y le metí toda la punta de mi zapato (un cuarenta y cinco) en todo aquel “paquetón”, que era la envidia de todo el cuerpo de policía.
Le iba a hundir la cabeza con una estatua de buda que tengo en la entrada, encima del mueble zapatero y que era de hierro macizo, aprovechando que Matías, se llevaba las dos manos a la zona golpeada, cuando, algo, me golpeó la nuca y sentí que todo se hacía oscuridad a mi alrededor.

Cuando desperté, creo había pasado un par o tres de horas. Tenía un dolor terrible de cabeza y encima, no podía saber la gravedad del daño al estar con las dos manos atadas a la espalda. Cuando mi vista se despejó y pude echar un vistazo alrededor, me encontré con Matías que me miraba con furia desde la entrada de la cocina, y a su sabueso, el agente Antón Cubero, que, con su “porra” de reglamento en la mano derecha, se golpeaba con ella, su palma izquierda. Mientras no me quitaba ojo, sentado en un sillón de dos plazas. Enfrente, tenía mi televisor de “22” pulgadas, pantalla plana y última generación. Y justo al lado, un aparatito parecido a un disco duro multimedia. Mío no era.
─ Qué pasa, Matías, ¿Vamos a ver una peli porno, para excitarte aún más?─ No debí decirlo, el sabueso, a un gesto de Matías, se levantó rápidamente, como solo un perro amaestrado puede hacer, y me golpeó varias veces las rodillas, justo en el hueso.
No me salió de los huevos gritar y casi me trago la lengua del dolor y el esfuerzo por no hacerlo.

Jason Statham


― ¡Calla! ¡Cabrón!─ Me escupió en la cara el sabueso, Antón.
― ¡Tenemos las pruebas de que mataste a Rose! Esta vez no...
Un gesto severo de Matías, lo hizo enmudecer de golpe. Matías, se sujetaba una bolsa de hielo entre «sus partes pudendas» y su cara era un poema y no de amor precisamente, hacia mí.
― ¿Quién es esa Rose? –. Fingí no saber de quién hablaba.


Jason Statham

― ¿Y qué coño tiene que ver conmigo? ¿De qué muerte me hablas, joder? ¡Sabes que soy forense y trabajo contigo! ¿A qué viene acusarme de una muerte y de alguien a quién ni siquiera conozco? Intentaba hablar de forma nerviosa y desconcertada aunque ya sabía que nada de aquello convencería a Matías, pero, tenía que seguir haciendo teatro. ¡Me jugaba el pescuezo! Y Matías, no estaba para juegos.
Por fin, Matías, me habló;
– ¡Deja ya de fingir qué no sabes qué te hablo!― Me gritó.
― Sabes perfectamente que Rose, era compañera mía y estaba investigando tus crímenes.
― ¿Mis crímenes? – Procuré poner la cara más inocente que pudiera.
― ¡Estás completamente loco Matías! ¿De qué crímenes me estás hablando?
Yo sabía que mi teatro no era muy bueno pero me divertía mosquearle.
― ¡Basta ya! ¡Antón, ponlo ya! – dijo señalando un aparato, parecido a un disco duro multimedia.
El agente Antón se levantó y apretó el botón de encendido, seguidamente, encendió la televisión. «Ya parecían tenerlo todo preparado pues no tuvieron que tocar nada más».
Matías, me miraba fijamente esperando ver mi reacción y el agente Cubero, miraba a Matías, esperando la reacción de su jefe, cuando viera este mi reacción.

Cuando empecé a reír casi les da algo. En la pantalla, una "peli" del genial, Cantinflas. Su título; Soy un prófugo.
No pude por menos que exclamar;
         ― ¡Fantástico! Pero chicos... para darme esta agradable sorpresa… puse cara de emocionado-. ― No teníais que haberos molestado. Me habéis emocionado. ¿Quién os dijo que me chiflan las pelis de Cantinflas?


Cantinflas