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martes, 29 de mayo de 2012

“Soy un asesino… sin serie (Capítulo 10)

                            (Gabriel tiene que morir)




“No puedo permitirlo, este no volverá a matar si yo puedo evitarlo”. Estos eran los pensamientos del bueno del teniente Matías. La rabia que sentía desde el conocimiento de la muerte de Rose, no lo dejaba descansar. Su cerebro era un caos de rabia e impotencia. Mientras se trasladaba en el coche patrulla hacia el pequeño apartamento de su buena amiga y compañera Rose, su rabia no lo dejaba pensar en otra cosa. “Gabriel, tenía que morir. No había conseguido, y ya iba para casi un año,  desde que se hiciera  cargo del caso y apenas todo eran sombras y pistas falsas, nadie parecía haber visto ni oído nada, esto era increíble, pero, él sabía que no podía ser otro que él, Gabriel. De siempre, desde que lo conoció (y hacía años) lo encontró una persona rara, poco dada a tener amigos, muy solitario. Siempre se lo encontraba solo, allá a donde iba y su olor… (Y no porque su oficio fuese forense, no). Pero, le olía… a muerte.” A Matías, no lo podía engañar. Antes de llegar a ese departamento de policía, Matías, estuvo destinado en el país vasco, en una brigada secreta, les llamaban; “Los limpiamierda”. Claro qué eso se lo llamaban ellos así mismos, nadie se hubiera atrevido a decírselo a la cara.
Su brigada se encargaba de antiguos terroristas, ellos se encargaban de “darles el pasaporte” era un modo como otro de deshacerse de la “mierda” sin que nadie reclamara. Por supuesto, Matías, jamás tuvo remordimiento alguno, aquellos criminales que eran capaces de matar a cientos de inocentes con sus bombas a coches o edificios estatales o incluso, negocios comerciales, sin importarles los muertos civiles, no merecían piedad alguna. Muchos de los que hicieron esas barbaridades, yacen hoy día en lugares impensables, debajo de edificios, párquines o incluso, en lugares, dónde jamás se le ocurriría a una mente normal. (El cementerio). Lástima que todo aquello se acabó. ¡Malditos políticos corruptos!”
― ¡Teniente! Ya hemos llegado ― Interrumpió sus pensamientos el agente Cubero.
Matías, no dijo nada, estaba demasiado emocionado, frente al apartamento de su amiga como para decir algo.
Los de la policía científica ya habían hecho su trabajo y marchado. El informe se lo dejarían en su mesa al día siguiente. Lo que Matías quería averiguar era otra cosa. Nada más entrar fue directamente hacia un armario que había en la entrada y al abrirlo, apartó un puñado de toallas de baño y detrás apareció una pequeña puertecita. De su bolsillo izquierdo, Matías sacó una diminuta llave y abrió la puertecita. Sus ojos brillaron con gran intensidad mientras se le escapaba un; ― ¡Te tengo hijo puta! ― Gritó apretando los dientes con rabia.
El agente Cubero, que se hallaba justo detrás de él, del susto, ante ese grito ronco y desesperado,  pegó un salto hacia atrás que casi se traga el marco de la puerta que ni aún habían cerrado. Miró a su jefe sorprendido, este le enseñaba de modo triunfante, alzándolo en sus manos, algo parecido a un disco duro de esos llamado multimedia y no dejaba de gritar; ¡Te tengo cabrón! ¡Ya te tengo! ¡Maldito hijo de puta!


                                                  Capítulo 10

No tengo ganas de salir, no me gustó demasiado matar a esa pobre chica. Anoche llamé al departamento y les dije que hoy no iría, pediré la baja voluntaria y marcharé un tiempo de aquí. Mi eterno dolor de cabeza, ha desaparecido. Desde mi último asesinato no siento ya ningún dolor. No, no preguntéis por qué. Yo tampoco lo sé.
Solo sé que siento como si una gran piedra, de toneladas de peso, me estuviera aplastando y no me dejara respirar. ¿Remordimientos? ¿Arrepentimiento?
¡No! ¡Resaca! Nada más llegar, me bebí lo menos una caja de cerveza yo solo, ¡y era una de veinticuatro latas! Así me levanté hoy que no puedo con mi alma. Lo de pedir la baja voluntaria por un tiempo es porque sé que, el bueno de Matías, se me va a echar encima como un perro de presa y estoy seguro que, si se le escapa algún mamporro, me rompe todos los dientes y se quedaría tan a gusto el muy cabrón.
¡Hija de puta, cómo me engañó! ¿Cómo consiguió que la matara, engañándome con ese disfraz de puta barata…? Y ahora, por su culpa tengo que desaparecer. Infringí mi  propia norma “no matar policías” y ahora debo ocultarme por un tiempo. “¿Quizás tenga que vender la colección de sellos de mi madre? Nunca me preocupó ahorrar, siempre viví al día y sin preocupaciones. Hasta que se me ocurrió aceptar a mi madre en casa. ¡Joder! Me divorcié de mi mujer para estar sólo y me dejo convencer por mi hermano para meter a mi madre en casa… “Ella me hizo como soy ahora”. Tanto gritar, llorar y… ¿pedir? ¿Por qué acepté la primera vez? “Si no la hubiera hecho caso…” ¿Cómo empezó todo…? Es cierto sí, lo recuerdo bien. Aquél fue el primer día que la dejaba sola con una chiquita que había contratado un par de horas. Era una putita que de vez en cuando, satisfacía mis exigencias como hombre y qué, no sé por qué de un día para  otro me dijo que ya no volvía más a prostituirse. Qué quería abandonar la prostitución y que volvería al pueblo con sus padres. No me caía mal la chica así qué la propuse que si quería ganarse algunos “eurillos” cuidando a mi madre algunas horas en las que yo, por trabajo, no podía. Y ella aceptó encantada. (Necesitaba ahorrar algún dinero para no ir de vacío al pueblo, según me explicó).
Era una lástima, en la cama era muy buena y ahora yo, tendría que buscarme a otra que apaciguara mi fogosidad.
Pobre, un día, el primero y… Al volver a casa, me extrañó no verla en el salón viendo la tele, total, mi madre solía estar callada y tranquila después de la cena y no daba mayor trabajo, así que pensé que la chica se fue antes de que yo llegara.
Al ir a ver a mi madre para comprobar si estaba bien fue cuando la vi… ¡y entendí el silencio! Estaba cenando… ¡Las vísceras de la chica! ¡Me había olvidado de decirle que no la soltara de sus correas! Desde la tercera vez que me mordió, la mantenía sedada y atada en su cama. Pero nunca llegué a creer que llegara a hacer lo que hizo.
Supongo que, la chica se compadeció de verla atada en la cama y en vez de llamarme y preguntarme, se decidió a soltarla y… de lo demás que pasó allí, solo imaginarlo; mi madre tendría otro ataque de locura y…. hambre y se abalanzaría sobre ella mordiéndole la yugular con esos dientes que Dios le había dado y que, no sé cómo aún los tenía  todos, no le faltaba ni uno. Yo no podía dejar de mirar aquello… tenía la chica el pecho abierto, totalmente desgarrado, suponía que lo había hecho con sus uñas pues, por allí no tenía herramienta alguna. Y sus manos estaban chorreando de sangre y vísceras que de vez en cuando se llevaba a la boca y bebía (o mordía).
Al escuchar la puerta y mi grito de sorpresa (Sí, grité horrorizado). Mi madre me miró con esos ojos azules que a mí y no sabía por qué, me seguían estremeciendo. Y me sonrió, con esos dientes llenos de sangre y babeándole la boca, luego me dijo; No te preocupes hijo, ya cené… ―.Y se llevó otro bocado a la boca.
No lo pude evitar, salí corriendo hacia el lavabo y allí empecé a vomitar hasta que casi eché la primera leche materna. Sí, sé que estaréis pensando qué, ¿cómo un asesino puede sentir nauseas por algo que él hace habitualmente…?  Pero, si leísteis desde un principio  sabréis que yo, antes no era así. ― Un poco golfo y despreocupado, sí, pero, ¿asesino? ¡No! ―. Me costó un huevo el decidirme si llamar a la policía o no, era mi madre, ¿cómo iba a dejar que la encerraran,  a su edad? Finalmente me decidí por limpiarlo todo, meter a la chica, (lo que quedaba) en un saco y aprovechándome de la noche, la fui a enterrar a unos treinta kilómetros de allí, en un bosque, junto a un riachuelo dónde alguna vez fui a pescar. Nadie la echaría de menos en mucho tiempo, según y ella misma me dijo en alguna ocasión, ni sus padres sabían dónde vivía ni cómo. Así que, no la echarían de menos. Si alguien me preguntaba, le diría que se fue con sus padres y ¡qué le zurzan!
― ¡Leches! ¿Quién se atreve a venir a molestar ahora, tocando el timbre con tanta insistencia?
Miré por la mirilla antes de abrir… ― ¡Mierda! ¡Matías! “vamos, no eché a correr por que no había más que aquella salida que si no… no soy cobarde, nunca lo he sido pero, el tal Matías es una bestia cuando algo lo enfada y esta vez tiene que estar, muy, muy, pero que muy enfadado, diría que, hasta furioso (y no es coña). Respiré hondo y… abrí.